Adobe, el omnipresente

Ramiro Santa Ana Anguiano Agosto 16, 2017 @ 7:46PM

Por el 1 Ago, 2017 | 1 comentario

 

Si se tiene que indicar un elemento tan anclado en la edición mexicana, como el horror ante las viudas y huérfanas, sin titubeos, podemos decir que ese elemento es el uso de InDesign para la maquetación de obras.

Lo mismo cabe decir del ámbito gráfico con Photoshop o Illustrator. Incluso es posible indicarlo para casi toda la producción cultural que se hace a través de una computadora: Adobe está presente en todos lados.

Se parte del quehacer editorial en México, pero considero que se puede generalizar al ecosistema editorial en español, aunque en el campo de las ciencias exactas el paradigma en la publicación sea TeX.

¿Qué hay de malo con Adobe? Nada. La intención de este artículo no va en contra de los productos de Adobe que, en pequeña o gran escala, han mostrado su pertinencia en relación con la relativa corta curva de aprendizaje y los resultados «profesionales» obtenidos. Tampoco se pretende disuadir el abandono de Adobe en pos de otras herramientas (libres) para el trabajo editorial.

De lo que se quisiera hablar es sobre cómo un entorno de trabajo ha pasado a ser el método de trabajo para la publicación, y los inconvenientes que pueden desprenderse de ello.

 

Adobe como entorno de trabajo

A principios de los ochenta, John Warnock y Charles Geschke deciden abandonar Xerox para iniciar el desarrollo de PostScript. Siguiendo lo que después sería la tradición de Silicon Valley, desde la cochera de Warnock se fundó su startup, la cual llevaría el mismo nombre a un arroyo cercano: Adobe.

Al parecer, en ese lugar se elaboraban ladrillos de adobe para la creciente costa oeste. Siglos más tarde, en ese mismo lugar se empezarían a erigir varias de las grandes empresas tecnológicas impulsoras de la era digital.

El éxito de PostScript fue tal que incluso desde su primer año de fundación Adobe se convirtió en una empresa redituable. Semejantes resultados ayudaron a que PostScript se convirtiera en uno de los primeros estándares para la impresión digital.

Pero no se detuvieron ahí. Con la intención de adentrarse en las oficinas, Apple y Adobe hicieron una alianza. En 1985 el fruto fue cosechado: la primera impresora láser y la primera impresora en red.

La LaserWriter, manufacturada por Apple y con soporte PostScript, fue uno de los pilares para la idea de trabajar documentos de oficina en formato digital o para su posterior impresión.

Poco tiempo después, Adobe decidió crear su propia especificación de fuentes digitales y la nombró Type 1. Esto fue el detonante para que Apple creara su propia especificación, la TrueType, que posteriormente sería vendida a Microsoft.

La popularidad de la TrueType obligó a Adobe a abrir la especificación de Type 1 para luego llegar a un acuerdo con Microsoft para el desarrollo de una especificación abierta de fuentes: OpenType.

Aunque esto puede entenderse como una batalla perdida, Adobe continuó orientándose al trabajo profesional relacionado con la impresión. Así es como a finales de los ochenta lanza Illustrator y luego Photoshop.

Con los programas de diseño y el PostScript Adobe constituiría una base para su crecimiento, el cual se fue engrosando con la propuesta de una «oficina sin papeles»: el PDF.

El archivo PDF presentaba varias desventajas frente a otros formatos o tecnologías existentes. Por un lado, su gran peso lo hacía poco adecuado para el uso en la incipiente web y redes de oficinas. En cuanto uso como documento de impresión, la popularidad de PostScript lo opacaba.

La popularización del PDF fue lenta, pero se consiguió al menos con los siguientes factores:

  1. Mejoramiento de la infraestructura del internet, que permitió conexiones a mayores velocidades.
  2. Ofrecimiento gratuito de Adobe Reader para el uso y lectura de archivos PDF.
  3. Versatilidad al poder ver en la pantalla lo mismo que salía en el papel.

Con PostScript, Illustrator, Photoshop y PDF, Adobe ya estaba abarcando la mayoría del mercado profesional para la impresión. Sin embargo, quedaba una tarea pendiente: el desarrollo de una aplicación para la maquetación digital de documentos, también conocida como desktop publishing (DTP).

La incursión de Adobe en ese mercado había sido infructuoso, por lo que a mediados de los noventa decidió adquirir la empresa encargada de desarrollar PageMaker. Cinco años después, en 1999, salió al mercado InDesign.

Casi diez años después, en 2008, la situación era la siguiente:

  • InDesign se consolidó como el DTP por excelencia para la publicación digital.
  • El PDF se convirtió en un estándar ISO.
  • Adobe After Effects ya había sido lanzado al mercado.
  • Adobe se había expandido más allá de la esfera profesional centrada en la impresión con la adquisición de Macromedia y, con ello, a Flash, Dreamweaver y Fireworks, entre otros programas.

Había mucho que festejar: los productos de Adobe ya estaban presentes en cualquier tipo de proyecto cultural. Y casi otros diez años después, Adobe se ha consolidado como la manera de crear productos culturales, desde la gráfica, pasando por la animación y el video, hasta las publicaciones.

 

Portada de la página web de Adobe

 

Adobe como método de facto

Lo que históricamente se ha constituido como una empresa para ofrecer un entorno de trabajo para casi cualquier tipo de proyecto cultural poco a poco fue mutando en un método.

Entre un entorno y un método hubo un intermediario muy significativo: el aparato publicitario. Adobe ha promocionado de manera continua sus productos como una solución, como un entorno para profesionales y creativos de la edición, sea gráfica, multimedia o textual.

¿Cuántos editores profesionales no les agrada la idea de ser asociados con un entorno que da solución a su trabajo del día a día? ¿A cuántos de ellos no les agradan las ideas de «profesionalismo» y «libertad creativa»? ¿Cuántos, al final de cuentas, prefieren una manera fácil de hacer las cosas?

Microsoft Office también es un entorno de trabajo, pero para soluciones «de oficina». Sin embargo, la mayoría de las veces su uso se justifica por lo práctico que resulta optar por formatos omnipresentes como el DOCX, XLSX o PPTX.

En cambio, cuando se habla de Adobe, la practicidad nunca es por una cuestión de formato, tan indiferente es esto que igual se trabaja con formatos abiertos (PNG, PDF, EPS, EPUB, DOCX, etc.) como con privativos (INDD, AI, MOBI y IBOOKS). La practicidad en Adobe reside en la relativa facilidad y libertad posible a través de sus programas para obtener productos con calidad profesional y gran flexibilidad creativa.

Su paradigma no es una oficina, un cubículo o un empleado, pese a que la mayoría de las veces sus usuarios son de esta índole; su estandarte es un espacio abierto, una mesa de trabajo y un profesional independiente. ¿A cuántos diseñadores o editores no nos fascina esta escena?

Esta idea publicitaria necesita un fuerte soporte para ser significativa y efectiva. De la estrategia que ha seguido Adobe para tener presencia en todo proyecto cultural, lo que me parece más interesante es su enfoque visual. Sus programas tienen, del uso básico al intermedio, un enfoque primordialmente «WYSIWYG».

Aunque el término «WYSIWYG» se originó por una manera de tratar el texto digital, donde «lo que ves es lo que obtienes», en el caso de Adobe este enfoque se ha aplicado a casi cualquier esfera de la producción cultural. Lo que se hace en InDesign, Illustrator, Photoshop, etc., es lo que se obtiene en el archivo final o en la impresión.

El trato del contenido digital, no solo para un buen resultado final, sino también para su conservación y distribución, sin lugar a dudas también es una cuestión metodológica: ¿qué pasos tenemos que seguir para tener un formato apto para la producción pero que al mismo tiempo se preserve y nos permita llevar a cabo nuestro trabajo?

El software ha ayudado a concretar la idea de centralización de cualquier tipo de trabajo a través de una máquina. Sin embargo, como usuarios, este ideal es insuficiente, debido a que resulta molesto brincar de programa a programa, de formato a formato, de codificación a codificación.

Adobe ha permitido la radicalización de ese ideal al ofrecer en un solo entorno, el Adobe Creative Cloud, la solución a proyectos de diversa índole. En un día regular de trabajo quien diseña o edita se las ve con tres entornos:

  • el de oficina, lo más seguro que con Microsoft Office;
  • el explorador web, probablemente Chrome o Safari, quizá Firefox, y
  • el de producción, la paquetería de Adobe.

La simplificación y centralización de entornos poco a poco ha impactado en la manera de ejecutar un proyecto, hasta tal punto de que si las tareas no se hacen a través del software por de facto, surgirán problemas.

No obstante, se espera que el profesional aprenda este método de trabajo. El modo Adobe no solo implica una exigencia al usuario, sino también una normalización del uso de Adobe para incluso otros aspectos del trabajo que no fueron contemplados.

El usuario promedio espera que Adobe ya tenga una solución a sus necesidades y solo sea necesario tomar una capacitación —como sucede cuando se me pide de manera recurrente impartir talleres sobre «libros electrónicos»—.

«Libros electrónicos» entrecomillado porque es común que se piense que la imposibilidad de hacer publicaciones digitales es por una falta de «actualización» o un desconocimiento sobre alguna funcionalidad ya ofrecida por Adobe.

Sin embargo, el carácter problemático de este formato de publicación es de una naturaleza distinta: el problema reside en el modo en cómo se ha estado trabajando con una publicación. La dificultad nace cuando Adobe no es capaz de dar una solución; sin embargo, como instructor el reto yace en demostrar en solo unas cuantas horas que Adobe no lo es todo.

 

Adobe y piratería

El carácter limitado de Adobe para desarrollar publicaciones digitales con calidad es un nicho relativamente muy pequeño en habla hispana, así que ese problema, junto con muchos otros (como la digitalización y el OCR), quedan relegados.

Ecosistema Adobe

Ecosistema Adobe

El grueso de los usuarios de Adobe, al menos en el mundo hispanohablante, es para el diseño gráfico, la edición de efectos especiales y el diseño editorial. Y durante años Adobe ha ofrecido y mejorado la manera en cómo se usa su software para el cumplimiento de estas tareas. Por este motivo, los problemas relativos a estos quehaceres no son comunes y, de existir, probablemente se deban a errores del usuario.

Esta practicidad y potencia no solo han popularizado los productos de Adobe, también ha atraído algo «indeseable»: la piratería. El uso de software pirata de Adobe es tan común como habitual es encontrar que los diseñadores gráficos o editores solo sepan utilizar Adobe para la consecución de sus proyectos.

Esto no es ningún secreto, ni entre profesionales ni entre los ejecutivos de Adobe. Una de las soluciones a las que se llegaron fue dejar de vender el software como programa y, en su lugar, ofrecer una membresía mensual para el uso de toda la paquetería, con descuentos para alumnos y profesores.

En una proyección a largo plazo, el uso de membresías es igual o incluso más redituable que la venta individual de licencias de uso, ya que permite que varios usuarios al fin puedan adquirir productos originales de Adobe. Sin duda es un ganar-ganar.

No obstante, al menos en países en vías de desarrollo como México, aún con esta caída de precios no es posible el uso legal de la paquetería de Adobe. Para muchos diseñadores o editores el pago mensual de 49.99 dólares tiene un impacto directo en sus bolsillos. Por otro lado, el pirateo de software es una práctica tan normalizada que incluso se lleva a cabo cuando no existe necesidad.

Al final de cuentas, la piratería de software no es tan indeseable como se pensaría en un principio. El modo Adobe no se centra en el uso legal o ilegal del software, ni la buena salud del entorno de trabajo ofrecido por esta compañía tiene sus bases en la adquisición de licencias de uso.

Lo primordial en el modo Adobe es la prolongación de su método de trabajo. El futuro de Adobe no reside en los programas que desarrolla, sino en la terciarización de sus actividades. El mercado generado por Adobe no solo implica competidores que también busquen desarrollar software semejante, sino también toda esa gama de soporte adicional que florece alrededor como los talleres, las certificaciones, las capacitaciones, el soporte técnico, etcétera.

La piratería permite a Adobe la diversificación de sus actividades y el mantenimiento de su estructura como el modo de facto en el diseño. Si Adobe no ha sido punitivo, como otras empresas de desarrollo de software, es debido a que existe una ventaja estratégica en la piratería de su software.

Si Adobe ha decidido dejar de vender programas y en su lugar ofrecer membresías para su uso es porque el modelo económico de la cultura de Silicon Valley apunta a uno basado en servicios. Si Adobe tomó la decisión de hacer del PDF un formato abierto se debe a que su omnipresencia le ha permitido tener una cuota de mercado sin necesidad de mantenerlo privativo.

Si en el futuro Adobe ofrece gratis sus aplicaciones será porque es el nuevo camino de la cultura de Silicon Valley (véase a Google, Apple e incluso a Windows, por ejemplo) y a que ya no existirá la necesidad de mantenerlos privados, ya que las estrategias que se han estado tomando le permitirán ofrecer sus productos gratuitamente. Y la piratería ayuda a la consecución de estos objetivos.

 

Adobe y currículo

La omnipresencia de Adobe no solo es por su enfoque visual, por sus resultados profesionales, por el ofrecimiento de un solo entorno o por un modo de trabajo que se prolonga incluso con su piratería. Su presencia en todos lados también tiene sus bases en dos factores:

  1. El conocimiento de su paquetería de programas es un requisito necesario para casi cualquier vacante en el sector cultural.
  2. Su aprendizaje no empieza en el «mundo real» del trabajo, sino desde la etapa de preparación profesional en universidades, institutos, diplomados o talleres.

Lo que Adobe ha provocado es lo que casi toda compañía tecnológica aspira y lo que varias instituciones públicas o privadas desearían: hacer del dominio del software una cuestión pedagógica cuya carga curricular se dé durante la etapa de preparación profesional.

Si el uso de la paquetería de Adobe se considera «sencillo» e «intuitivo» en gran medida se debe a que su aprendizaje empieza en la época universitaria. ¿Quién no recuerda el quebrantamiento de cabeza que era entender el uso de cada una de las herramientas de InDesign, Photoshop o Illustrator cuando se tenía una tarea o un examen? ¿Qué tan distinto sería la adopción de TeX en el mundo editorial si su aprendizaje se diera con anticipación, en lugar de lidiar con él cuando así lo exige el trabajo?

Al menos en México, el conocimiento de Adobe se da durante el periodo de educación universitaria o, en todo caso, no es responsabilidad de la empresa o institución que da trabajo al profesional ofrecer ese conocimiento. La competencia pedagógica recae en las instituciones educativas o en el interesado, lo cual en muchos casos no es económicamente accesible para el estudiante.

Los costos requeridos para ello, desde la adquisición de equipo de cómputo adecuado, pasando por el pago de una matrícula o de un taller, hasta tal vez el pago de una licencia, no son absorbidos ni promocionados por Adobe. Este grado de penetración que ha tenido Adobe es lo que otras empresas tecnológicas aspiran tener: la necesidad de publicidad, de talleres gratuitos o de demostraciones es prácticamente nula, ya que su software se vuelve sinónimo de producción cultural.

Ya no se habla de aprender desktop publishing, sino de aprender InDesign; no se habla de mapa de bits, sino de Photoshop; no son vectores, sino Illustrator, etcétera. La extrapolación entre software, formatos y métodos es tal que uno de los retos cuando se demuestra que Adobe no lo es todo para la publicación reside en distinguir entre una y otra cosa, algo tan básico, pero al mismo tiempo tan ignorado por gran parte del sector editorial.

El beneficio que acarrea la disminución de la membresía para alumnos o profesores es claro: el modo Adobe no solo se sostiene por un entorno suplantado como método de trabajo, sino también por la exigencia curricular por parte de empleadores y educadores.

 

¿Pos-Adobe?

¿Y qué tiene de malo? Nada. Entonces, ¿cuál es el problema? La dificultad surge cuando desde Adobe se pretende obtener una calidad de trabajo para aquello que no forma parte de su ecosistema. Las publicaciones digitales han puesto esta carencia en medio del debate; sin embargo, es una cuestión que ha existido desde el mismo surgimiento de Adobe.

Adobe hace uso del enfoque WYSIWYG para todo lo relativo a la producción cultural; es decir, el modo Adobe tiene su principal enfoque en la dimensión visual de un proyecto. Si bien para lo que atañe a la edición existe el empleo de estilos de párrafo y de carácter, así como la posibilidad de importar XML, la realidad en el día a día de la edición en México es que los estilos son más una excepción que una regla y la importación es prácticamente desde archivos DOCX.

El enfoque visual no es problemático hasta que existe la necesidad de una estructura consistente. Esta dificultad ha sido percibida desde sus inicios por dos nichos: la publicación en ciencias exactas y la redacción de documentación de software. Así que no importa qué tanto cuidado se tenga con una publicación digital a través de Adobe, su relación costo-tiempo-resultado es menor a otros medios para el desarrollo de esta índole de publicaciones.

Si una publicación digital a partir de InDesign tiene sus carencias o falta de control (donde «control» implica el aprendizaje de tecnologías web y la estructura de un EPUB, intención contraria a lo que se pretende con este programa) no es porque el usuario no sea capaz de desarrollar una publicación digital con calidad técnica y control editorial. Se debe a que InDesign no fue pensado para la publicación digital, sino para la maquetación de impresos.

En una «era» donde es necesario la publicación multiformato, esto implica que:

  • se acepta la escasa calidad de una publicación digital bajo el argumento de la limitación tecnológica o la poca exigencia del lector promedio;
  • se implementa un método cíclico de edición que implica un aumento proporcional de costos y tiempos;
  • se busca un nuevo método que venga a encarar este reto (véanse los artículos sobre edición cíclica y ramificada, empezando por aquí).

Desde esta perspectiva tenemos las consideraciones metodológicas, técnicas y de cuidado editorial. Pero otro punto es la conservación de los documentos.

Todo proyecto editorial «exitoso» requerirá por lo menos una reedición de la obra. Partiendo del supuesto que la mayoría de las editoriales o editores solo apuestan por proyectos que serán «exitosos», esto implica que en un par de años se necesitarán de nuevo los últimos archivos editados de una obra.

Debido a las correcciones al vuelo durante la maquetación en InDesign es casi seguro que ese archivo «final» ya solo esté disponible en INDD. ¿Qué pasa cuando la versión de InDesign ya no es compatible con el archivo? ¿Qué pasaría si Adobe descontinúa InDesign, como lo hizo con PageMaker? ¿Qué sucedería si otra empresa entra a la escena del DTP y el usuario empieza a migrar a su ecosistema, como le sucedió a QuarkXPress cuando llegó InDesign?

Los proyectos editoriales con miras a conservarse a un largo plazo no pueden estar a merced de lo que le sucede a las empresas de software. Por estos motivos, principalmente en las esferas de influencia anglosajona o germánica, la migración se ha dado hacia archivos XML. El XML también ha sido el formato por defecto para repositorios académicos, principalmente debido a su apertura y su capacidad para el intercambio de información o de publicación automatizada.

Aunque InDesign permite la importación de archivos XML, la imposibilidad de automatización (por el mismo carácter privativo del programa) ha inclinado a varios editores a optar por otras vías, principalmente de la familia TeX, como ConTeXt o TeXML.

¿Que en la automatización se pierde mucho de la rigurosidad ortotipográfica? Cierto, pero a muchas editoriales anglófonas o germáfonas parece no importarles. ¿Debería ser esto relevante también para el habla hispana? Quizá lo discutamos en otro momento.

Mientras tanto, no hay necesidad de buscar un puerto seguro si algún día Adobe deja de ser sinónimo de una profesión, porque las alternativas han estado ahí desde hace mucho tiempo. Solo es cuestión que el editor promedio se dé cuenta que el control estructural de una obra es primordial y que Adobe, el omnipresente, no es omnipotente

Frase Ramiro Santa Ana

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