Este artículo parte de la intervención que preparé para el webinar «Producción editorial con calidad: procesos y controles esenciales», organizado por la escuela Parix, y celebrado el 22 de junio.
Los controles que aceptamos cuando viajamos
¿Se han fijado alguna vez en la cantidad de controles por los que pasamos cuando vamos a tomar un avión?
Llegamos al aeropuerto, presentamos la documentación, facturamos el equipaje, pasamos por el control de seguridad, el control del pasaporte si volamos a determinados espacios aéreos y volvemos a mostrar la tarjeta de embarque antes de acceder al avión.
Lo hacemos con absoluta normalidad, porque forma parte del viaje. De hecho, casi nadie se sorprendería si mañana añadieran una comprobación más.
Hemos asumido que esos controles son necesarios.
Sin embargo, si nos detenemos un momento a pensarlo, la situación tiene su razón de ser. Si el objetivo es subir al avión:
- ¿Por qué no se comprueba todo lo necesario para viajar al principio, por ejemplo, cuando hacemos la facturación o el check-in?
- ¿Por qué existen varios controles repartidos a lo largo del recorrido?
- ¿Por qué intervienen personas distintas para revisar aspectos diferentes?
A primera vista podría parecer que algunas comprobaciones son redundantes, repetitivas, y a veces lo son. Después de todo, ya nos hemos identificado varias veces, ya hemos mostrado la documentación y también hemos demostrado que tenemos derecho a hacer ese viaje.
Pero cada uno de esos controles cumple una función distinta. La persona que atiende el mostrador de facturación no está revisando lo mismo que el personal del control de seguridad. El personal del control de seguridad no está comprobando lo mismo que quienes gestionan el embarque. Cada intervención revisa una parte concreta del recorrido.
Lo que ocurre cuando un control llega tarde
Imaginemos, por ejemplo, que una persona intenta viajar con un billete que no es válido y que esa circunstancia no se detecta al facturar, ni en el control de seguridad, ni en la puerta de embarque, sino cuando ya está sentada dentro del avión.
La consecuencia sería la misma: esa persona no podría viajar. Lo que cambiaría, y no es un detalle menor, sería el momento en que se detecta la incidencia.
Si esa comprobación se hubiera hecho antes, en cualquiera de los puntos de control, bastaría con impedir el embarque de ese pasajero y aclarar la situación, si procede.
Sin embargo, si se detecta cuando ya está sentado dentro del avión, es necesario localizar al pasajero, muy posiblemente para bajarlo del avión, tal vez demorar la salida, interrumpir las operaciones que ya estaban en marcha y gestionar una circunstancia mucho más compleja de lo que habría sido unos minutos antes.
No se trata de desconfiar de los pasajeros, ni de buscar fallos donde no los hay. Se trata de comprobar que todo aquello que debe estar resuelto en una etapa concreta está resuelto antes de pasar a la siguiente.
Cuanto antes se detecta una incidencia, más sencillo suele resultar corregirla. Cuanto más avanza dentro del proceso, mayores son las consecuencias que puede generar.
Por eso los aeropuertos no concentran todas las comprobaciones justo antes de que el pasajero suba al avión, al final del recorrido. Distribuyen estos controles a lo largo del trayecto, porque cada control verifica algo distinto en el momento en que todavía tiene sentido hacerlo.
Del aeropuerto al proyecto editorial
Esta misma lógica aparece en los proyectos editoriales. Una obra también recorre un camino antes de llegar a su destino y convertirse en una publicación. También atraviesa diferentes etapas, intervienen profesionales con responsabilidades distintas y existen condiciones que conviene controlar antes de permitir que el proyecto siga adelante.
Una obra, un original o un manuscrito pasa por una secuencia de etapas en la que cada intervención deja algo resuelto para la siguiente.
- El manuscrito entregado por el autor que entra en edición no es el mismo documento que llega a corrección.
- El texto resultante de la corrección no es exactamente el mismo que saldrá publicado.
- Tampoco el primer PDF con la maqueta es la versión final, porque todavía necesita revisiones, ajustes y validaciones antes de convertirse en el archivo definitivo.
El mismo material avanza de una fase a otra. Pero antes de permitir ese paso hacen falta una serie de comprobaciones que permitan verificar si está en condiciones de llegar a la fase siguiente.
Por eso no basta con terminar una tarea y darla por concluida. También es necesario comprobar que aquello que se entrega cumple las condiciones necesarias para que la siguiente fase pueda desarrollarse de forma adecuada.
Cuando una incidencia se desplaza de una fase a otra
La dificultad surge cuando un material entra en una nueva etapa sin que se haya comprobado si está resuelto, o sin que ciertas cuestiones pendientes se hayan solucionado. Ese fallo no desaparece: se traslada con el proyecto y se manifiesta más adelante.
Muchas de estas situaciones pasan desapercibidas en el momento en que se producen porque todavía no han generado ninguna dificultad visible, o bien nadie las ha notado.
- Una tabla entregada como imagen puede no parecer un contratiempo al recibir el manuscrito, pero lo será cuando haya que corregir sus datos, rediseñarla o adaptarla a la maqueta.
- Una jerarquía de títulos mal marcada puede pasar inadvertida durante la lectura del texto, pero afectará al índice, a la navegación de un ebook o a las referencias internas.
- Una imagen sin la calidad necesaria puede parecer aceptable en pantalla, pero no tendrá la resolución suficiente cuando se maquete el libro para imprenta.
Algo parecido ocurre cuando una corrección se hace sobre una versión del texto que aún no es definitiva. Imaginemos que el corrector termina su trabajo y, después, el autor incorpora nuevos párrafos, elimina fragmentos o reescribe partes completas. En ese momento, el texto corregido deja de ser la versión válida: hay un nuevo documento que debe revisarse de nuevo, ya sea en su totalidad o solo en las partes modificadas, según el alcance de los cambios.
Vistos de forma aislada, estos ejemplos pueden parecer incidencias menores. Sin embargo, todos muestran la misma situación: una cuestión que debería haberse detectado o resuelto en una fase acaba manifestándose en otra distinta.
Durante ese recorrido pueden haber intervenido varios profesionales a lo largo de varias fases del proceso, sin que nadie perciba todavía sus efectos.
El control de calidad no empieza al final
Por eso, en producción editorial, controlar no significa revisar al final. Significa comprobar, en cada etapa, si el material está en condiciones de pasar a la siguiente.
Los ejemplos mencionados no son inventados, sino extraídos del trabajo diario en la consultoría. Son casos habituales en la producción de un libro, y lo relevante es saber detectar en qué momento aplicar estos controles, además de tener bien delimitada cada etapa o cada servicio editorial.
Solo conociendo el flujo editorial a fondo se pueden establecer puntos de control con sentido. Cada una de estas situaciones —y muchas otras— tiene un momento concreto en el que puede detectarse y resolverse. Para eso sirven los puntos de control entre tareas y fases.
Contenidos del curso de Parix
El curso «Control de calidad en la producción de libros», de la escuela Parix, parte de esta lógica para recorrer el proceso editorial desde el manuscrito hasta la publicación. En cada etapa se analizan las comprobaciones necesarias para que el proyecto avance sin arrastrar incidencias que deberían haberse resuelto antes.
- El primer módulo está dedicado a los fundamentos del control de calidad en la producción editorial. Explica qué es un punto de control, por qué resulta necesario y cómo establecer criterios que permitan verificar si una fase está en condiciones de dar paso a la siguiente.
- El segundo módulo se centra en la creación. Parte del manuscrito como origen del proyecto y examina qué comprobaciones conviene efectuar antes de que el material entre en producción.
- El tercero, que es también el más extenso, recorre las distintas etapas de la producción editorial: la edición del texto, la corrección, el diseño, la maquetación y la revisión de pruebas. En cada una de ellas se revisan comprobaciones concretas antes de que el material pase a fases posteriores.
- El cuarto módulo está dedicado a la publicación, tanto impresa como digital. Se ocupa de las comprobaciones finales sobre archivos, metadatos y otros elementos técnicos que intervienen en la salida del libro.
El proceso editorial puede adaptarse al tipo de publicación con la que se trabaje, porque no es lo mismo partir de una obra preexistente que de una obra creada exprofeso para su publicación, ya sea por la propia editorial o por un packager. Tampoco exige los mismos controles una novela que un libro de carácter enciclopédico, cuyo proceso de elaboración suele requerir más verificaciones.
Ejecutar una tarea no es validarla
Un punto de control no consiste en volver a hacer una tarea, sino en comprobar si esa tarea puede darse por cerrada para que el proyecto continúe.
Ejecutar una tarea supone hacer el trabajo correspondiente: editar o corregir un texto, diseñar una cubierta, maquetar un capítulo. Validarla supone comprobar si ese trabajo está en condiciones de pasar a la fase siguiente.
Según el contexto, puede haber una persona que ejecute y otra que valide, o una misma persona que cumpla ambas funciones en momentos distintos del proceso.
Cuando esos controles no se aplican, el error no desaparece. Pasa a la fase siguiente y luego a la siguiente hasta llegar al libro impreso o al archivo digital.
Volvamos al aeropuerto: cada control verificaba algo distinto en su momento para que el pasajero llegara a destino sin contratiempos. En producción editorial ocurre lo mismo. Lo que está en juego es que el libro llegue al lector con la calidad que el proceso debía garantizarle.
Un libro con calidad editorial no depende solo del talento de cada profesional que interviene en él. Depende de un proceso organizado, con criterios definidos desde el principio, validaciones en cada fase y comprobaciones que permiten que cada intervención se apoye en la anterior sin arrastrar problemas sin resolver.
Todos esos procesos evolutivos en una obra, cuando eres un autor novato y, vamos a ser sinceros, sin los recursos económicos necesarios para lanzar a esa cadena de controles tú manuscrito, pueden convertirse en un quebradero de cabeza cuando tomas el rol de todos los puntos. Decides ser pasajero, azafata, piloto y hasta mozo de equipaje en esa aventura.
Y ahí es donde empiezan los problemas, donde se diluye la pasión de la creación y empieza la relación dura, el cansancio y las dudas.
¿Realmente vale la pena el sufrimiento? ¿Alguna vez podré lanzar el manuscrito a las manos de alguien y que llegue a su destino?
Escribir es, al final, lo más sencillo de crear un libro.
Entiendo lo que planteas y es cierto que, cuando un autor asume todas las tareas sin contar con acompañamiento profesional, el proceso puede volverse agotador. Ahora bien, no comparto la idea de que «escribir es lo más sencillo de crear un libro».
Escribir y comunicar un libro son dos de las partes más complejas de todo el proceso. Una obra no se convierte en libro solo por estar escrita: necesita creación, producción, publicación y comunicación. Si una de esas cuatro patas falla o se descuida, rara vez el libro llega a sus lectores.
Además, creo que a menudo se confunden dos cosas: tener una obra escrita y tener un libro publicable. Muchas personas desean publicar y vender un libro cuando el texto todavía no cumple unos estándares mínimos de calidad editorial. Y ahí no basta con la ilusión, ni con el esfuerzo personal, ni con asumir todos los papeles a la vez.
Publicar implica tomar decisiones, revisar, corregir, diseñar, producir, distribuir y comunicar. No siempre se puede contar con todos los recursos deseables, de acuerdo; pero tampoco conviene pensar que se puede prescindir de todo y esperar el mismo resultado.
No se puede pedir que un libro llegue a los lectores si antes no se ha trabajado para que pueda mantenerse como tal.