Cada vez más autores me consultan sobre el uso de herramientas de inteligencia artificial (IA) generativa en el proceso de redacción de sus libros. ¿Pueden usarlas? ¿Cómo? ¿Qué límites hay que tener presentes? ¿Qué espera un editor profesional si se presenta un manuscrito creado en parte con estas herramientas de IA?
Dado que las respuestas no siempre son sencillas ni unívocas, me pareció pertinente compartir las directrices sobre la IA para los autores que establece Wiley, una de las principales editoriales académicas internacionales.
Para ponerte en contexto, John Wiley & Sons, Inc. —conocida como Wiley— es una editorial con más de dos siglos de trayectoria y una de las más influyentes en el ámbito científico, académico y profesional.
Wiley publica libros, revistas especializadas y recursos educativos en múltiples disciplinas, desde las ciencias exactas hasta las humanidades. Sus políticas editoriales no solo guían a autores y editores, sino que también fijan estándares que otras instituciones tienden a seguir o adaptar.
Recientemente, ha publicado una guía detallada para autores que desean utilizar IA en la redacción de sus obras. Esta guía está pensada para obras monográficas, divulgativas o especializadas, no para artículos académicos (cuyas directrices se abordan aquí).
Wiley respalda el uso responsable de herramientas de IA por parte de los autores, siempre que se respeten sus estándares éticos y editoriales. Por ello, ha establecido directrices claras para garantizar una aplicación transparente y coherente con la integridad académica.
A continuación, sintetizo la guía con comentarios y reflexiones propias sobre aspectos que considero esenciales para quienes escriben, editan y publican libros hoy.
Las herramientas de IA auxiliares: no como autoras ni coautoras
Uno de los primeros puntos que la guía de Wiley deja bien claros es que la IA puede tener un papel legítimo en el proceso de redacción, pero siempre subordinado a la autoría humana. Su uso no implica delegar decisiones ni sustituir la mirada del autor. Su utilidad reside, más bien, en la posibilidad de asistir en tareas específicas, facilitar el trabajo técnico o desbloquear ciertos momentos del proceso creativo.
Para mí es crucial distinguir entre un contenido generado íntegramente por una IA y un contenido desarrollado por una persona con asistencia de una IA. En el primer caso, la herramienta produce el texto sin mediación humana relevante; en el segundo, el texto nace de una decisión creativa y reflexiva del autor, que utiliza la herramienta como apoyo técnico.
Esta diferencia no es menor: implica reconocer quién define el enfoque, selecciona la información, da forma a los argumentos y construye la voz narrativa. En contextos editoriales y académicos, esta distinción resulta esencial para valorar la originalidad, la autoría y la responsabilidad intelectual sobre la obra.
Se puede recurrir a la IA para identificar patrones en la bibliografía, explorar enfoques alternativos para explicar un concepto complejo, redactar ejemplos adaptados al público lector o sugerir una mejor conexión entre párrafos. En ningún caso se la debe considerar como una fuente fiable de información, ni como una voz autorizada que resuelva decisiones conceptuales, estructurales o argumentativas.
Esto implica que todo contenido generado por herramientas de IA debe ser revisado, evaluado y adaptado por el autor. El resultado final debe reflejar su pensamiento, su criterio y su estilo. La IA no es autora ni coautora y no puede asumir ninguna responsabilidad sobre lo escrito. La responsabilidad continúa siendo, en todos los casos, del ser humano que firma la obra.
Lectura crítica de los términos de uso
Las condiciones de uso de las herramientas de IA no son neutras ni inocuas. Algunas establecen que los textos introducidos pueden utilizarse para entrenar su modelo mientras que otras se reservan derechos sobre los contenidos generados. En determinados casos, esto puede interferir con los derechos de autor del creador del contenido o con las condiciones que exige una editorial para la publicación de libros.
Por eso, Wiley aconseja revisar con atención los términos y condiciones de cada herramienta. El objetivo no es solo evitar que la plataforma retenga o reutilice nuestros textos, sino también asegurarse de que no imponga restricciones sobre el uso posterior del material. Debemos evitar que un programa interfiera, de forma directa o indirecta, con la futura explotación de nuestra obra, ya sea por nuestra parte o por una editorial.
Esto es especialmente relevante en los casos en que se trabaja con contenido sensible, inédito o protegido por acuerdos de confidencialidad. En estos contextos, solo deberían usarse versiones profesionales de las herramientas que ofrezcan garantías explícitas de privacidad y no reutilización del contenido.
Supervisión humana: condición imprescindible
El contenido generado por una IA no puede incorporarse a un manuscrito sin una revisión exhaustiva por parte de profesionales de la edición. No basta con que el texto «suene bien». Es necesario confirmar que los datos sean verídicos, que las afirmaciones tengan fundamento, que las referencias existan y es pertinente incorporarlas al texto. Además, es preciso verificar que el contenido concuerda con el tono, la estructura y la finalidad de la obra.
Wiley enfatiza que esta revisión no puede ser delegada. No hay forma automatizada de garantizar que un texto generado por IA cumpla con los estándares éticos, intelectuales y editoriales que exige una publicación profesional. Esa validación solo puede hacerla el autor y debe formar parte del proceso habitual de trabajo.
Transparencia: una exigencia ética y editorial
Si se ha recurrido a herramientas de IA de forma significativa durante la elaboración del libro —ya sea para redactar, analizar, sintetizar, ilustrar o revisar contenidos—, debe informarse a la editorial. Esta declaración puede hacerse mediante una nota dentro del manuscrito o como parte de los materiales de entrega.
Ahora bien, si la publicación no se realiza a través de una editorial y se opta por la autopublicación, también es recomendable incluir un descargo o declaración de uso de herramientas de inteligencia artificial en la página legal del libro.
Esta práctica contribuye a fortalecer la transparencia del proceso creativo y genera mayor confianza en los lectores, quienes valoran conocer cómo se ha elaborado el contenido.
El descargo no solo informa, sino que también puede anticipar posibles malentendidos respecto a la autoría o a la originalidad del texto, sobre todo si la IA ha intervenido en tareas sustanciales como la redacción, la estructuración o la revisión de capítulos completos.
Este tipo de declaración puede redactarse con sobriedad, por ejemplo:
«Durante la elaboración de esta obra se utilizaron herramientas de inteligencia artificial generativa como apoyo en tareas puntuales del proceso de redacción. Todo el contenido generado fue supervisado, adaptado y validado por el/la autor/a».
Así se ofrece claridad al lector sin restar valor al trabajo realizado ni generar confusión sobre su procedencia.
El informe Wiley recomienda, además, conservar un registro detallado del uso de la herramienta: qué programa se utilizó, en qué momento del proceso, con qué objetivo, sobre qué parte del texto y qué modificaciones humanas se efectuaron sobre ese contenido. Esta trazabilidad no solo protege al autor ante posibles objeciones, sino que también refuerza su legitimidad como creador.
El valor de la voz propia en tiempos de IA
Uno de los aportes más pertinentes de la guía de Wiley es el énfasis en la voz autoral. Un buen libro no es solo un conjunto de contenidos bien organizados. Es una expresión coherente de una perspectiva, un estilo y una intención. Y esa expresión no puede ser replicada por ningún modelo automatizado, por avanzado que sea.
Un buen libro es una expresión coherente de una perspectiva, un estilo y una intención. La IA puede ayudar a encontrar palabras más precisas, a estructurar mejor una explicación o a sintetizar argumentos. Pero no puede decidir qué decir ni cómo decirlo con profundidad, originalidad y compromiso.
Por eso es fundamental que quien escribe no delegue nunca las partes fundamentales del texto: el planteo de las ideas centrales, el desarrollo argumentativo, las conclusiones, la selección de ejemplos y la construcción del tono.
Las herramientas de IA pueden funcionar como asistentes técnicos. Pero quien escribe debe conservar siempre la dirección del proceso, tomar las decisiones clave y garantizar que el texto resultante sea expresión de su propio pensamiento.
Aspectos gráficos: imágenes, ilustraciones y diagramas
Wiley también se pronuncia sobre el uso de herramientas de IA para la generación de imágenes. Distingue tres casos:
- Las imágenes conceptuales o explicativas, como diagramas, esquemas, visualizaciones abstractas. Estos recursos pueden generarse con IA siempre que se verifique su exactitud y se cuente con los derechos de uso.
- Las imágenes artísticas como, por ejemplo, propuestas de cubiertas. Estas pueden elaborarse con IA a modo de boceto o como punto de partida, pero deben ser revisadas o recreadas por un diseñador profesional para asegurar la calidad final.
- Las imágenes científicas, clínicas o documentales, como datos empíricos, resultados de investigación y fotografías diagnósticas. Estas no pueden generarse ni modificarse mediante IA, dado que requieren un nivel de veracidad y trazabilidad que estas herramientas no pueden garantizar.
En todos los casos, si se utiliza una herramienta de IA para generar o modificar una imagen que forma parte de la publicación, debe indicarse con claridad y conservarse la documentación correspondiente.
Usos educativos y promocionales
También se admite el uso de IA para generar materiales de apoyo escolar, como ejercicios, guías para docentes o recursos didácticos, especialmente cuando estos deben ser adaptados a distintos niveles de comprensión, modalidades educativas o perfiles de aprendizaje.
Estas herramientas pueden resultar valiosas para ofrecer variantes de enunciados, generar ejemplos prácticos o crear actividades complementarias que estimulen la participación y la reflexión.
Sin embargo, incluso en estos casos, en apariencia más operativos, el contenido debe ser examinado detenidamente desde una perspectiva pedagógica. Es decir, debe responder a objetivos de aprendizaje concretos, articularse de manera coherente con los contenidos centrales del libro y tener en cuenta las características del público destinatario.
No basta con que el texto esté «bien redactado» o «correctamente estructurado»: debe ser verdaderamente útil, pertinente en su enfoque y adecuado al contexto formativo en el que se insertará. De lo contrario, corremos el riesgo de ofrecer materiales que, aunque formales y atractivos, no aporten valor real al proceso educativo o incluso generen confusión o interpretaciones erróneas.
En lo referente a contenidos promocionales —resúmenes, fragmentos para redes sociales, guiones para pódcast o textos para notas de prensa— se debe tener especial cuidado con el tipo y la extensión del material introducido en la herramienta de IA.
Pegar capítulos completos, secciones sustanciales del libro o contenidos protegidos por contrato puede vulnerar los derechos de explotación previamente cedidos a la editorial. Además, muchas herramientas no garantizan la confidencialidad ni la no reutilización del contenido, lo cual expone a riesgos innecesarios tanto al autor como a la obra.
Si existen dudas sobre lo permitido o lo recomendable, lo más sensato es revisar detenidamente el contrato de edición. Y, si es necesario, consultar con la editorial para evitar interpretaciones erróneas o usos indebidos del contenido publicado.
Consideraciones finales
Desde hace décadas, los escritores utilizan herramientas informáticas como asistentes en sus procesos de escritura: procesadores de texto, correctores ortográficos, diccionarios digitales, programas de gestión bibliográfica, entre otros. La inteligencia artificial generativa es, en cierta forma, una prolongación más sofisticada de esa tradición de apoyarse en medios tecnológicos para organizar ideas, agilizar tareas mecánicas o explorar enfoques alternativos.
La irrupción de la inteligencia artificial plantea múltiples desafíos para el ecosistema editorial. Algunos son técnicos, otros legales, y muchos profundamente éticos. La guía de Wiley ofrece criterios sensatos, equilibrados y aplicables, tanto para autores como para editores.
Desde mi perspectiva, lo más relevante es comprender que estas herramientas no reemplazan el trabajo intelectual, sino que lo acompañan. Pueden aportar eficiencia, agilidad o claridad en determinadas tareas, pero no deben ocupar el lugar de la reflexión, el criterio, la experiencia ni la creatividad humanas.
Publicar un libro implica asumir una responsabilidad con el contenido, con los lectores y con el campo del conocimiento al que se contribuye. Esa responsabilidad no puede cederse a un algoritmo.
La voz que guía, la decisión que ordena y la mirada que interpreta siguen siendo humanas. Y eso, más que una advertencia, es una oportunidad para reivindicar el oficio de escribir y editar libros con conciencia, rigor y sensibilidad en esta nueva etapa del hacer editorial.
¿Estás considerando utilizar herramientas de IA en tu próximo libro? ¿Sabes en qué etapas podrían ayudarte sin comprometer tu voz ni tus derechos? ¿Tienes claro qué deberías declarar ante una editorial o incluir en la página legal si autopublicas? Y si ya las has usado: ¿cómo lo hiciste? ¿Qué decisiones tomaste? ¿Qué aprendiste del proceso?
Espero que esta guía te haya ofrecido criterios útiles para trabajar con responsabilidad y conciencia editorial. Si necesitas resolver dudas concretas, tomar decisiones con mayor seguridad o revisar cómo estás integrando estas herramientas en tu proceso de escritura, puedes reservar una sesión de consultoría conmigo. Te acompaño para que tomes decisiones profesionales y con criterio.